Toda mi vida quise contar historias. Fue algo que me movió desde siempre, desde muy temprana edad. A los seis años escribí mi primer cuento; debo reconocer que su calidad era dudosa pero por ser un primer intento estaba bastante bien. Era sobre un gato que venía del espacio. Mi madre aún conserva el manuscrito, amarillento por los años y apenas legible. Muchas cosas pasaron desde esa primera escritura. Mi temprana infancia y adolescencia estuvo habitada por personajes imaginarios, películas de terror, libros de aventura y muchos cómics de superhéroes.

Nunca dejé de escribir, era una necesidad que iba más allá de toda comprensión, un ansia por contar historias.
Fue esa misma ansia la que me llevó a la fotografía, y debo reconocer que fue amor a primera vista. Fue cuando cursaba la carrera de cine, fue ahí cuando comencé a interesarme profundamente por la fotografía. Había algo mágico en el hecho de congelar un momento, robarle su velocidad al tiempo. La fotografía llenaba mi necesidad por contar historias de una manera más inmediata de lo que un cuento o una película podía lograr. Era instantáneo, y por lo tanto debía ser preciso. Fue ese vértigo que me llevó a interesarme por la fotografía, pero lo que definitivamente me enganchó para siempre, fue el hecho de ver lo que esas imágenes producían en el otro. Esa emoción de ver un momento auténtico congelado para siempre, condimentando el recuerdo de ese mismo instante.

Mi nombre es Mauricio G. Fernández, gracias por pasar y visitar mis historias (y las de muchas parejas).